El presidente estadounidense, Donald Trump, y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, mantuvieron reuniones secretas para discutir la posibilidad de un ataque militar contra Irán. Netanyahu presionó a Trump para que tomara medidas decisivas contra el régimen iraní, mientras que Trump alternaba entre mostrar escepticismo sobre las negociaciones diplomáticas y expresar su deseo de un cambio de régimen en Irán.
Durante semanas, las conversaciones entre Estados Unidos e Irán no dieron resultados, lo que llevó a Trump a tomar la decisión de lanzar un ataque militar. A pesar de la retórica pública de buscar un acuerdo, en privado se estaba planificando una acción militar conjunta con Israel.
El momento clave para el ataque se determinó a través de un golpe de inteligencia que reveló la ubicación del líder supremo iraní, Ayatolá Jamenei. Con esta información, Estados Unidos e Israel iniciaron un audaz ataque de «decapitación» en pleno día, lo que tomó por sorpresa a los iraníes.
La escalada hacia la guerra fue impulsada por la presión de Netanyahu y la confianza de Trump en el éxito de una operación militar, tal como la que derrocó a Nicolás Maduro en Venezuela. A pesar de algunas voces en contra de la acción militar, prevaleció la idea de que era necesario un ataque contundente y rápido.
En resumen, la decisión de Estados Unidos de atacar a Irán fue el resultado de meses de presiones, planificación militar y falta de avances en las negociaciones diplomáticas. La acción conjunta con Israel marcó un antes y un después en la región, desencadenando un conflicto que ha cobrado vidas y generado incertidumbre en Oriente Medio.
