Escuchando al Mar
Una mañana el mar me enseñó a escuchar. Una mujer caminaba por la orilla con un baldecito azul. Daba unos pasos, se detenía, miraba el agua y avanzaba. La observé durante un rato, con esa curiosidad ociosa que permite el horizonte abierto. Cuando pasó cerca, le pregunté qué hacía. “Busco el lugar exacto”, respondió, como si fuera lo más obvio del mundo. Después llenó el balde y se fue.
La Ética del Mar
En esta época de ruidos, de opiniones instantáneas y de certezas gritadas, el mar propone otra ética: la de la perseverancia y la paciencia. Ola tras ola va modelando la costa. Frente a él, nuestras urgencias se ven chiquitas aunque no insignificantes; más bien, mal calibradas.
El Mar como Espejo
Al final, el mar funciona como un espejo imperfecto. No refleja lo que somos, sino lo que llevamos encima cuando nos acercamos: cansancio, esperanza, preguntas sin formular. Salimos distintos del mar no porque él cambia sino porque nos ofrece el tiempo y el espacio para escucharnos.
El Idioma del Mar
Pido voces prestadas porque el mar se escribe a coro. El mar es un idioma antiguo que no todos saben escuchar. Tal vez también por eso también volvemos: para afinar el oído. Entre el rumor constante y esa lengua que no termina de traducirse, aprendemos a leer lo que no se dice y a callar. El mar no pide interpretación y en ese ejercicio humilde muestra una posibilidad para estar mejor.
En Busca del Lugar Exacto
Como sea, igual que aquella mujer del baldecito, cada uno busca su lugar exacto frente al mar. A veces, lo encontramos y otras aprendemos a seguir buscando. Herman Melville, el autor de Moby Dick, señaló que ningún lugar verdadero está en los mapas.
Resumen
El mar nos enseña a escuchar, a ser pacientes y perseverantes. Nos refleja lo que llevamos dentro y nos invita a afinar el oído para comprender su idioma antiguo. En nuestra búsqueda del lugar exacto frente al mar, encontramos lecciones de humildad y respeto hacia algo más grande que nosotros.
