Gordos despreciables los dirigentes gramiales

Por José Ademan RODRÍGUEZ

Tengo que aclarar que mis mejores amigos han sido los «gorditos» de mi infancia y los gordos de mi vida adulta, personajes que me encantan y me llenan de alegría, y son un himno al optimismo (divertidos, tiernos, artistas. ..).

En Argentina decir «gordo» es como llamar «negro», ambos se aceptan como algo cariñoso, en cambio, en España suena a burla, a una dura ofensa o a una degradación social…

Nunca me llamaron “gordo”, pero sí me llamaron “fatiga”… Bueno, era lo mismo que mi patria: una tierra joven, pero cansada. Es que… como buen criollo, honró a los que dicen injustamente ya la ligera (a veces) que la Argentina es el único país del mundo donde los vagos pesan más de 80 kilos; Si Dios hubiera puesto fábricas en lugar de árboles, plantas y flores, estos muchachos tampoco habrían trabajado (porque ni siquiera ponen los hombros para tocar el violín). Pero hay que estar de acuerdo con ellos, si echamos un vistazo a sus dirigentes obreros, donde nadie orienta ni señala nada: todos acompañan. Si viera a alguien haciendo cola para el autobús en un día lluvioso o moviendo un dedo por un mendigo, creo que podría alcanzar la dignidad de «camaradas». De momento, son como enormes bolas de sebo, gordos irredimibles con alma de choripán y pretensiones de caviar, con un 80% de grasa, un 20% de inutilidad y sólo dos neuronas: una para comer y otra para cagar. Incluso son capaces de confundir el cubismo de Picasso con la revolución cubana, o creer que una langosta es un náufrago de moda, o que el poeta Lorca es la orca. Tampoco sabían para qué podía servir el Juzgado de «La Haiga» (La Haya).

Todo pudo deberse a la gran inflación de la época del Proceso y otros demócratas de pacotilla, que cambiaron el nuevo modelo corporativo y corporal del proletariado. Nacían bebés de dimensiones inusuales con un peso promedio de treinta libras; Las cesáreas se realizaron desde la tiroides hasta el abdomen inferior. Algunos pensaban que tales embarazos atípicos se debían a un consumo exagerado de farináceas en vista de lo inalcanzable que era la carne en el país de la carne. Sin embargo, Eva Perón las llamó cariñosamente «Mis grasitas». Otra hubiera sido la suerte del país y del peronismo si hubieran reducido esa grasa sobrante de «las gordas», de la que surgieron dirigentes como Lorenzo Miguel y Gordo Triacca, sindicalistas que fueron verdaderas armas de destrucción masiva para la educación gremial de la gente, para ser más claro, Perón quería hacer realidad la tercera posición, pero con negros desde la cuarta.

Una vez tuve que viajar con Gordo Triacca en líneas aéreas. Viajó toda su cría también, con un loro y una mamá gallina. Era tan «grande» que solo ocupaba dos asientos en el avión.

El “gordo” es, precisamente, el mejor síntoma de debilidad argumentativa ante los jefes; invalida su carácter de sobrealimentados ante los explotadores. Parecen la antítesis del hambre, la crisis y el derecho a patadas. Son el estigma de un sindicalismo inculto por la benevolencia de una tierra tan fértil que les privó de la posibilidad del amor al trabajo… Seguramente no quedarán en la historia, pero, sí, quizás el escultor Botero (maximalista y animalista) se le ocurrirá inmortalizar un día sus formas gigantescas en un monumento al trabajador desconocido. En mi opinión (no «opinión personal» como se dice, pues se entiende que es opinión de uno y no del prójimo), todo movimiento sindical necesita en determinados momentos históricos un mártir como revulsivo de conciencias, y difícilmente surge uno en el medio de individuos que viajan en primera clase en aviones y juegan al golf. Se dice que todavía están divididos… ¡menos mal que no se multiplican!

Yo creo que Agustín Tosco, el líder sindical por excelencia, nunca tuvo auto. En su laborioso pudor nunca supo que era como el creador de una incorrupta estirpe de sindicalistas. La mera enunciación de su nombre creó una afinidad espiritual con sus seguidores, trabajadores y alumnos suyos. Ejerció un sacerdocio libertador mameluco[1] de la dialéctica marxista. No importa si se equivocó o no: fue un ejemplo.

Me refería a los gordos… No está claro si son un reflejo del país, o el país es un reflejo de ellos, creando una contradicción entre la carne y el espejo. Muchos de ellos son como los bebés: comen bien, se hartan, y luego lloriquean (sobre todo si tienen que cambiar de coche), que el que no llora, no mama… Bebés gigantes que , más que reparar el viejo andador del hermano mayor, quieren el cochecito. En definitiva, los del Gobierno les han dicho: «Nos va mal, pero nos va bien». (???????).

Crecer no es aplicar una lupa cada vez más poderosa al sujeto. Si hacemos este experimento con un bebé, nunca tendremos un hombre… sino un bebé gigantesco, porque crecimiento es transformación. Denle a esta gente toda la riqueza del narcotráfico, del Vaticano y de los bancos suizos juntos para que se la repartan y seguramente les dure lo que dura un helado de chocolate en la puerta de una escuela; tirarían la casa y la vergüenza por la ventana (mejor que un tornado) y terminarían fisiócratas sin tierra. Su mierda y tonterías no servirían de abono para la agricultura, porque la «mierda» social no vale como sustituto del estiércol. En el mundo sindical y político, el que acumuló mucho dinero seguramente cagará a alguien, y el que lo heredó tiene hedor a cosa mala.

A un futbolista argentino le preguntaron si no consideraba que Messi gana mucho en relación a un trabajador: «No, no es que Messi gane mucho, es que todos los trabajadores deberían ganar como Messi». Y un ministro, cuando le preguntaron si no temía que la corrupción se generalizara, respondió: «Al contrario, precisamente lo que enoja a la gente es que ahora la corrupción beneficia a unos pocos». Fino humor político el de Fontanarrosa, que expresándose en broma decía más verdades que los que hablando en serio provocan la risa, como casi todos los ministros. Ya lo dijo una vez un intelectual (y luego otro, que se apoderó del concepto cambiando las palabras, como es de rigor en esta gente): la grandeza de un país no está en el volumen de sus cosechas, ni en la opulencia de sus su tierra, sino en la calidad de sus habitantes. Y la Argentina es tan preciosa, robusta y rica que ha sabido soportar la ineptitud de sus propios hijos.

Lo que está claro es que nunca se debe dar nada a un pobre que no se lo gana de memoria, porque le puede pasar como a don Quijote: después de liberar a los condenados que iban a las galeras a manos de sus guardianes, se volvieron contra él, lo golpearon y le quitaron lo poco que tenía. Siempre he oído decir, Sancho, que hacer el bien a los villanos es echar agua al mar. Todo en la vida es cuestión de sensibilidad, tanto para la opulencia como para el hambre. Así vemos a los pobres mendigando con armas en la mano ya los ricos mendigando con regalos de sus superiores. Mete en la caja a todos los pobres de las gradas de un estadio de fútbol y actuarán con paquetitos[2] y almidón. Envía a los directivos a las gradas, inmersos en la multitud, y estarán como locos.

Por último, me gustaría agregar: Creo que hay muchas personas que no son «gordas» pero son tan generosas que son «grandes» porque necesitan un buen espacio para albergar un corazón enorme. A diferencia de los gordos despreciables líderes sindicales.

Fuente: diariocordoba.com.ar