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La Frontera de Pinamar: Atracción extrema donde la velocidad es ley

La Frontera de Pinamar: Atracción extrema donde la velocidad es ley

La Frontera de Pinamar: Donde la velocidad y el peligro se convierten en espectáculo

Clarín estuvo un día en La Frontera, en el corazón del área de médanos donde el límite entre el espectáculo y el peligro depende de una decisión individual. No hace falta demasiada explicación: alcanza con quedarse parado unos minutos para entender que ese no es un lugar familiar para ir con chicos a hacer castillos de arena. Las reglas existen, pero no están escritas.

El caos controlado

Primero llega el ruido. Motores secos, insistentes, que rompen el silencio del médano. Después aparece todo junto: camionetas 4×4, cuatriciclos que cruzan como flechas y motos que pasan demasiado cerca. La arena vuela, se mete en los ojos, tapa por segundos el paisaje. El aire queda espeso, cargado de polvo y adrenalina. No hay espacio para el silencio. Al cabo de unos segundos, los motores vuelven a rugir.

Una Toyota Hilux hace un trompo sobre la arena blanda de La Olla. Gira de golpe. Desde adentro, la acompañante se agarra de la parte superior de la ventanilla. Antes de que alguien reaccione, otro motor acelera y tapa la escena anterior.

La adrenalina como protagonista

Están los que hacen picadas, los que bajan de pendientes empinadas con derrapes de costado, y los que van en grupos y no dudan en mandarse alguna que otra pirueta imprudente.

Sobre los médanos, la gente mira. Parados en lo alto, como en una tribuna improvisada, algunos filman con el celular, otros señalan, ríen, gritan. No hay vallas ni marcas en el suelo. Dos camionetas se enfrentan, aceleran y arrancan.

La falta de reglas visibles

“Venimos todos los años. Somos de Córdoba y está bueno, es algo que no ves siempre. Los autos, la arena enorme”, dice Enzo, parado arriba de un médano, sin apartar la vista.

“Hay picadas y eso nos encanta ver. Es divertido. Ver cómo se están por matar también… es como que ves y te paralizás y siguen”, dice Josefina, amiga de Enzo. “También es un espectáculo para mostrar: la mejor camioneta, el mejor cuatri, la camioneta chipeada”, asegura.

El espectáculo sin límites

En uno de los cuatriciclos, ninguno lleva casco. El que maneja va parado, inclinado hacia adelante, con las manos firmes en el manubrio. Delante suyo, sentado sobre la parrilla delantera, otro chico viaja como si fuera un asiento más. Atrás, se apilan dos más, encimados, agarrados entre ellos. No es solo trasladarse. Es probar hasta dónde. El conductor levanta la trompa y hace willy. El cuatriciclo se empina y avanza con la rueda delantera en el aire.

“Dale boludo, si el cuatri blanco gana te pagás el asado. Dale, no seas cagón, apostá”, grita un chico. La picada arranca. El cuatri blanco no llega. Se ríen. “Esa está chipeada”, explica una chica sentada arriba de su cuatri, con su novio, una manta y el mate.

La imprudencia al volante

Facundo, de 20 años, mira las picadas con el brazo fracturado. “Yo participo con mi moto. Venía a las chapas. Justo bajó uno y por esquivarlo me comí los arbustos. Solté la moto, se clavó y yo salí volando. Me clavé el hombro en la arena, me lo saqué de lugar”, dice.

Para circular, las normas existen: casco obligatorio, licencia habilitante, comprobante de titularidad y seguro vigente. Los cuatriciclos y UTV deben llevar una antena de dos metros con banderín para ser identificados.

Conclusiones

En La Frontera de Pinamar, la velocidad y el peligro se convierten en un espectáculo donde las reglas son difusas y la adrenalina es el principal protagonista. La falta de control y la imprudencia al volante son parte del paisaje, mientras los espectadores disfrutan de picadas y acrobacias arriesgadas. A pesar de las normas existentes, la ética individual parece ser el único límite en este mundo donde la velocidad manda y el peligro se vuelve parte del entretenimiento de verano.

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