Volver a las aulas, ¿para qué?

Volver a las aulas, ¿para qué?

El inicio del año escolar invita a preguntarnos sobre el valor que adquiere la escuela en el contexto actual. En estos dos años, la pandemia y las políticas desplegadas para enfrentarla han trastornado los parámetros habituales de la vida social y, si bien su final apenas se vislumbra, sus efectos son insondables. La situación excepcional nos empujó a escarbar de nuevo en el sentido de la actividad escolar. Cabe preguntarse si seremos capaces de perfilar una nueva propuesta formativa o si simplemente estamos intentando volver a la vieja normalidad perdida a principios de 2020.

Hemos aprendido que la escuela no cabe en las pantallas. Hubo y hay aprendizaje en el entorno virtual, pero no se ha replicado el núcleo duro de la experiencia escolar, que exige salir del ámbito doméstico y sumarse a la construcción presencial de un espacio común, en el que las diferencias nos enriquecen, los conflictos nos interpela, el conocimiento nos da herramientas y la igualdad es, al mismo tiempo, suelo y horizonte.

Al regresar a las aulas, algunos sectores esperan que la escuela solo prepare a los estudiantes para la actividad productiva y la plena adaptación al contexto en el que viven, con conocimientos prácticos y emociones dóciles. Quieren plasmar la complejidad educativa en números y fórmulas, pero el sentido pedagógico trasciende la mezquina pretensión de mejorar el puntaje en medidas estandarizadas de aprendizaje. Por el contrario, educamos para comprender y transformar el mundo, para poner a disposición de las nuevas generaciones el legado de las anteriores e invitarlas a recrearlo, a extraer los mejores jugos de la vida humana en la expresión artística, el despliegue físico y la aventura. intelectual.

La pandemia ha desafiado las herramientas de cada sociedad para enfrentar un gran problema social, articulando esfuerzos y garantizando la igualdad de derechos. En ese trance expuso las debilidades de nuestra cultura política, con algunas voces reclamando privilegios o desafiando las reglas del cuidado colectivo. En consecuencia, ha vuelto a ganar prioridad la educación en la ciudadanía, para “educar al soberano” en pautas de solidaridad, compromiso y libertad responsable. Cada aula escolar puede ser un espacio de resistencia a los discursos que promueven una subjetividad narcisista, centrada en la autorrealización y el éxito personal, desdeñando la integración comunitaria y los proyectos compartidos.

El aula es un espacio público y, como tal, está siempre en movimiento, atravesado por debates y controversias. En él, cada alumno comienza a ejercer la ciudadanía cuando se posiciona ante un problema, expone argumentos, plantea interrogantes y formula propuestas. Lo que diferencia este ejercicio de su realización fuera del aula es la presencia de un docente con responsabilidad formativa. El diálogo es el protagonista del trabajo en el aula y su potencial educativo no radica en que se toleren todas las opiniones, sino en que se someta a crítica cualquier afirmación, respetando al mismo tiempo profundamente a quien opina. Volvamos, entonces, a cada aula con pretensiones de utopía, porque las grandes transformaciones comienzan con pequeños pasos.

Con información de Telam y otras fuentes de noticias.

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