Esa tarde a Rosario habían ido a verme mi papá (que iba a todos lados), mi mamá y la que era mi señora. Ya habíamos tenido a nuestro primer hijo, Julián Martín. Volvimos en auto hasta Buenos Aires y yo estaba callado. “¿Qué te pasa, hijo, con lo bien que jugaste?”, me preguntaba papá. Mi mujer se dio cuenta de todo. Cuando llegamos a casa le confesé.
Es muy loco: probé la cocaína tres semanas antes de que saltara el doping en la cancha de Newell’s. Recuerdo perfectamente cómo y dónde fue: en la pizzería El Faro de Adrogué.
Comimos y después nos quedamos a tomar algo. En un momento fui al baño y la probé. Fue la decisión más equivocada de mi vida. La droga me causó un montón de problemas.
Desde que probé hasta que volví a tomar pasaron apenas cuatro días. El olor me atraía. Al principio pensás que lo manejás y luego te das cuenta de que no. Y ya es tarde. Nunca me expliqué por qué caí en la droga porque en mi casa no viví nada de eso. Repito: mis padres solo me dieron amor.
Recuerdo con claridad el día del control antidoping en Rosario. El doctor me vino a buscar a mí y a Gustavo Grondona, los que salimos sorteados. Me quise morir porque sabía que tenía el cuerpo contaminado. Pensé en tomar Gatorade de manzana y escupirlo en el frasco (cuestión que haría meses después jugando en Olimpo de Bahía Blanca), pero un médico me estuvo mirando todo el tiempo. En la pieza no había un baño apartado: todo se hacía entre cuatro paredes. Me dije que sea lo que Dios quiera y oriné.
El lunes, cuando volvimos a entrenar, el predio de Español estaba lleno de periodistas. Al llegar, el médico me avisó del telegrama con el positivo. Fue un golpazo. Fui al vestuario y les dije a mis compañeros la verdad.
Después se hizo una polémica con Diego Maradona por el tema de la numeración de los frascos. Esa misma fecha a Diego le había tocado el control y su frasco era el 408; el mío, el 508. Escuché versiones de que me pagaron para tapar el doping de él. Nada que ver: yo siempre admití que me había equivocado. Lo que ocurrió es que en esos días Maradona viajó a Suiza para someterse a un tratamiento por drogas. Con Diego me junté a almorzar un mediodía en Olivos y me advirtió que se me vendrían un montón de problemas.
Vuelvo al entrenamiento de Español, a la mañana en que me avisaron del positivo. Me subí al auto tratando de esquivar a la prensa y desde el teléfono del auto llamé a mi casa para avisar que iba. Tenía que enfrentar a mis padres.
Entré en silencio. Estaba la televisión prendida y aparecía mi nombre y mi cara. Una de mis hermanas apagó la TV y mi papá me dijo que hablara. “Todo lo que se dice ahí es verdad”, les avisé señalando el aparato. Fue entonces cuando escuché mi mamá: “¿Vos me querés decir que mi hijo consume drogas? Con todo lo que hicimos por vos, ¿así nos pagás? No te quiero ver nunca más y te vas de mi casa”. Esas fueron sus palabras.
Lo que siguió es muy triste. Me sancionaron por seis meses y hasta me hicieron una denuncia por la que tuve que ir a declarar a Comodoro Py. En la misma causa estaba Diego Maradona y semanas después saltó el caso Coppola.
Empecé a frecuentar la noche, más allá de la ayuda de profesionales que me daban Español y el gremio de los futbolistas. Comencé a beber mucho alcohol, que era la punta de lanza. Necesitaba el alcohol para seguir con lo otro. Mi única preocupación en ese tiempo era consumir; por eso digo que esta es una enfermedad que te vuelve egoísta. Me alejé de la gente buena y cambié mi entorno para mal.
Mientras la enfermedad avanzaba, seguí con el fútbol. Estuve unos meses en Olimpo de Bahía Blanca y después jugué en Brown de Adrogué y Temperley. Un tiempo me retiré y trabajé con unos taxis que tenía. Pero la droga siempre estaba. Por eso liberé a la que era mi mujer, la mamá de mis hijos. No era vida la que le estaba dando. Ellos se fueron a vivir a Valencia, España, y a mí, en el año 2000, me salió la posibilidad de jugar en Ecuador. Justo ahí nació mi segundo hijo, Ramiro Martín.
Regreso a mis padres, a lo duro que fue para ellos enterarse de que tenían un hijo que consumía. En esa época, mediados de la década del 90′, tener un familiar en la droga era lo peor que te podía pasar. Y ni mi papá ni mi mamá pudieron superar eso. Sentían la mirada de los vecinos.
Mi papá, que ya falleció, perdió el amor por el fútbol y por su hijo (yo), dos de sus grandes pasiones. Y mi mamá se hizo alcohólica. También tomaba pastillas para dormir. Se volvió una persona que iba por la calle insultando a la gente. En una época hasta tuvimos que internarla en un loquero.
Hasta que un día se suicidó.
Evitaré los detalles de lo sucedido para no hacer sufrir más a mis familiares, especialmente a mis hermanas. Solo diré que mi mamá no pudo soportar el peso de tener un hijo metido en la droga. Y después de unos años de angustia se fue a otro plano con su dolor.
De lo de mi mamá me enteré estando en Ecuador. Mi enfermedad me hizo alejarme de mis hijos y mis hermanas. En todo ese tiempo seguí jugando al fútbol y envenenando mi cuerpo. En 2002 me compró Toros Neza de México y luego regresé a Ecuador, y un par de años después me retiré en Liga de Loja.
La cocaína te convierte en un monstruo porque perdés todos los valores. Me costó demasiado salir de ella. Digo que estuve cerca de la muerte porque perdí todo por la droga: hijos, mujer, familia, amigos, trabajo, dinero.
En 2003 conocí en Ecuador a Guadalupe, mi actual mujer, que me cambió la vida. A ella también la lastimé mucho, por eso tuvimos muchas idas y vueltas. La gente se aleja porque se cansa de que la lastimen. Tuve muchos trabajos tras mi retiro, aunque todo me salía mal. Podía estar un par de meses limpio, lúcido, con proyectos, pero en algún momento recaía.
Tengo 52 años y más de 30 los atravesé con la adicción. Por suerte ahora puedo decir que estoy limpio y que voy ganando de un día a la vez. La disciplina es todo para vencer a la enfermedad.
¿Cómo fue que me recuperé? Un día toqué fondo estando en Chicago, Estados Unidos. Sucedió hace tres años. Estaba frecuentando lugares peligrosos. De un arrebato saqué un pasaje y volví a