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Emotivo regreso a casa de Felipe, bebé trasplantado en América Latina

Emotivo regreso a casa de Felipe, bebé trasplantado en América Latina

Un regreso a casa lleno de emociones

**Todas las noches**, en una habitación del Hospital Italiano, una mamá cantaba despacito: “Las hormiguitas van marchando, pam, pam, pam…”. La cantaba Paula, la mamá de Luca, un nene neuquino de dos años que estaba internado tras un trasplante de hígado. Pero la canción no se detenía en su cama. A pocos metros, en la penumbra, estaba Felipe, también neuquino, de apenas un año, conectado a un corazón artificial. Desde ahí, su mamá, Pamela, escuchaba y pedía lo mismo cada noche: “Cantá más fuerte. Cantale para los dos”.

Un lazo que trasciende la distancia

**No lo sabían entonces**, pero esa melodía sencilla iba a convertirse en el lazo más profundo entre ellos, en una historia compartida que semanas después cambiaría sus vidas para siempre, cuando el corazón de Luca le dio vida a Felipe en un trasplante inédito para la medicina argentina y de América Latina.

El esperado regreso a casa

Pamela llegó desde Neuquén con un hijo internado y otro de la mano. Hace más de un año que no pisa su casa. No recuerda su olor. No recuerda cómo se siente dormir sin armar un sillón cama.

Un momento de emociones encontradas

“Estoy muy contenta. No tengo voz ya. Feli estaba un poco nervioso en el viaje, pero yo también. Este viaje fue un montón para él. Desde octubre de 2024 que no venía a Neuquén”, dice Pamela por su parte. Mira alrededor y todavía no cae. “Quiero llegar ya y vernos a los cuatro juntos”.

Un gesto que une a dos familias

**Felipe no estuvo solo**. En la misma habitación conocieron a Luca. Dos bebés, dos cunas, dos familias aprendiendo a convivir con la incertidumbre. Pamela y Paula, la mamá de Luca, se cruzaron primero como se cruzan todas las madres en un hospital: con miradas cansadas, con mates tibios, con palabras cortas. Después vino el vínculo. El sostén. La charla inevitable sobre el miedo y sobre lo que nadie quiere nombrar.

Un final lleno de agradecimiento y esperanza

**Al final**, Pamela toma el micrófono. Respira hondo. Sonríe. Mira a Felipe. “Me fui de Neuquén con el alma rota. No sabía qué iba a pasar con el destino de Felipe ni con el nuestro como familia. Pero me fui con esperanza y con fe. Eso me sostuvo. No solo por él, sino por todos los amiguitos que conocimos en el camino.

Mateo se acerca, la abraza de las piernas y, con cuatro años, pide hablar. Dice, tímido y firme: “Gracias. Ahora sí, lo logramos. Estoy muy feliz por eso”.

Un hogar que representa la superación y la unión

Y ahí, en esa calle de Neuquén, la vuelta deja de ser un viaje y se convierte, por fin, en casa.

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