El campo argentino se encuentra inmerso en un debate de larga data acerca de quién tiene derecho a cobrar y cuánto por las semillas que los agricultores siembran cada año. En el centro de la controversia se encuentra la Ley de Semillas sancionada en 1973, una norma que no ha sido actualizada para adaptarse al mundo agropecuario actual, donde nuevas tecnologías y variedades de alto rendimiento han transformado el panorama agrícola.
La disputa principal radica en el uso propio de las semillas, una práctica ancestral que permite a los agricultores guardar parte de su cosecha para sembrarla en la próxima temporada. Sin embargo, las empresas semilleras argumentan que esto afecta sus ingresos y desincentiva la inversión en nuevas tecnologías, mientras que los productores defienden este derecho adquirido como parte de su práctica agrícola tradicional.
Propuesta de cambio del Gobierno
El Gobierno de Javier Milei ha propuesto una estrategia para abordar este conflicto sin necesidad de reformar la ley. La idea es incorporar la identificación genética de las variedades de semillas en el primer eslabón de la cadena comercial, permitiendo un mayor control y arbitraje en caso de conflictos. Este enfoque no sería retroactivo y el costo de los análisis correría por cuenta de las empresas obtentoras de la genética, no de los agricultores.
La implementación de esta propuesta no requeriría pasar por el Congreso, sino que se realizaría a través de una resolución conjunta publicada en el Boletín Oficial. El Gobierno busca descomprimir la tensión acumulada en años de debate mediante una solución por etapas que comienza con la fiscalización y luego se adentrará en una reforma legislativa más profunda.
Recepción en el campo
Aunque históricamente el sector agropecuario ha rechazado frontalmente cualquier intento de modificar la legislación sobre semillas, en esta ocasión la recepción ha sido más cautelosa y menos hostil. Las entidades rurales destacan aspectos positivos de la propuesta del Gobierno, pero esperan analizar el texto completo antes de tomar una posición definitiva.
El debate sobre la Ley de Semillas no solo tiene implicancias en el campo, sino también en el ámbito internacional. La presión de Estados Unidos para que Argentina adhiera a UPOV 91, una versión más restrictiva del Convenio UPOV, ha generado preocupación en el sector agropecuario local. La estrategia del Gobierno de avanzar con una resolución administrativa sin tocar este tema es vista como una forma de ganar tiempo y construir confianza.
Conclusión
Argentina, como potencia agrícola mundial, se encuentra en un momento crucial para definir el futuro de su sistema semillero. La actualización de la legislación sobre semillas puede impactar no solo en la producción agrícola y la adopción de tecnología, sino también en las exportaciones y la economía del país. El desafío radica en encontrar un equilibrio que promueva la inversión en nuevas variedades sin restringir en exceso el uso propio de los agricultores. En última instancia, la ley de 1973 deberá adaptarse al siglo XXI para garantizar un desarrollo sostenible del sector agrícola argentino.
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